En las constantes ligerezas,
en el afán repetitivo,
en lo monótono y asfixiante que puede ser;
el encontrar las verdaderas vías, las direcciones del real sentir;
justo ahí,
ahí mismo
se halla la agitada respiración de un ser carente de ganas,
un ser impío
y abstemio a lo real.

Es donde mismo, que los latidos se asfixian por si solos,
creando atmósferas tétricas, de espanto, de cólera y melancolía.

Donde ni el más mínimo sentimiento de creación puede extirpar lo incondicional de un ciclo sin fin.

Ahí mismo,
donde se
ahogan
los pensamientos
y se matan así mismos como si de enemigos se tratara.

Ahí, donde la ilusión de entregarse a la incertidumbre de lo instantáneo aparece como una propuesta solo realizable a niveles de otra procedencia;
ahí mismo es como se hacen patentes los constantes comportamientos de un aliento que por sí solo habría expirado hace ya
algunos años.